¿Hemos tocado fondo?

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Cuando dentro de un siglo los habitantes del futuro quieran saber cuáles fueron los sueños y pasiones de nuestra sociedad, por qué moríamos y matábamos entonces, quiénes eran nuestros héroes y villanos, deberán conocer los grandes testigos de esta época.

Si yo fuera profesora de Historia, les diría a mis alumnos que después de leer a Joyce, Proust y Kafka, leyeran todos los días el periódico donde, a partir de la Primera Guerra Mundial, se refugió el alma del siglo XX. En medio de las ciudades devastadas y calcinadas por la guerra, se escondían unos tipos que disparaban sus cámaras y tomaban apuntes de tragedias en una libreta que guardaban en el bolsillo de su chaqueta. Tipos audaces, fríos, desesperados e inquietos, capaces de todo. También estaban aquellos de otra raza que daban lo mejor de sí caminando en la selva de los políticos, en el mar de los tiburones financieros, en fin, en el tejido cotidiano de las horas de los diarios y revistas.

Desde comienzos del siglo XX, el periodismo se convirtió en la profesión que asumía, como misión de carácter público, la labor de mantener informados a todos los sectores de la sociedad sobre los acontecimientos que estaban sucediendo a su alrededor, y que involucraban denuncias y problemas fundamentales.

Con el paso del tiempo, las nuevas generaciones echamos la vista atrás, curioseando en los recovecos de una profesión también calcinada por las circunstancias, leyendo a los grandes autores para poder refugiarnos así en el concepto de Periodismo. Todas las palabras que fueron escritas en los periódicos, en las crónicas, en los reportajes, los artículos y las fotos amarillas, las opiniones, pensamientos e imágenes concretas de todas aquellas décadas… nos han hecho soñar pero, ¿de verdad el periodismo actual, el del año 2013, hará soñar a las generaciones venideras?

La respuesta general sería negativa. Los problemas que arrastra esta profesión no son de comunicación, sino de injusticia y deontología profesional. Nunca se habían tenido tantos medios como hoy; nunca se había dispuesto de tantos instrumentos para acaparar noticias como hoy; nunca se había conocido tanta tecnología periodística como la de hoy. Y, sin embargo, nunca habíamos asistido a una degradación como la del periodismo de los inicios del siglo XXI. Y es que nadie se atreve a coger al toro por los cuernos del cuarto poder, porque algunos otros poderes sobresalen sobre este.

Por un lado, los periodistas profesionales son desplazados por unos seudoperiodistas que ejercen la profesión sin garantías de ningún tipo. Basta que tengan desfachatez, osadía y poca deontología, para que las empresas mediáticas los acojan con entusiasmo. A los profesionales del periodismo, sin embargo, se les explota con ridículos salarios.

‘’Los héroes de este oficio son aquellos periodistas que dan noticias fidedignas, emiten comentarios inteligentes y ponderados, conscientes de que la moderación es la conquista más ardua del espíritu y a la vez el arma más certera. Llegar a la cima de esta fortaleza exige cada día una mayor preparación técnica, científica y cultural, acorde con la complejidad del mundo. El éxito de un periodista no consiste en ser leído, sino en ser creído. La credibilidad es su único patrimonio.’’

Ojalá algún día podamos dejar constancia de que a principios del siglo XXI nació una nueva generación con ganas de recuperar la esencia de esta profesión, los valores y criterios que mueven al periodista a mostrar una información veraz. Ojalá algún día se nos compare con grandes como Cappa y Kapuscinski.

Está muriendo una época y está naciendo otra, tendremos que ver cómo evoluciona. Mientras se rompa la barrera de la ética, mientras no se actúe con cabeza y criterio, pensando en los ciudadanos de a pie, no habrá periodismo. En mi caso, cada vez que me preguntan por qué estudio este oficio pienso en que siempre hay una razón para la esperanza. Y la mía es esta.

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