Boston y la solidaridad ocasional

Ocurre con bastante frecuencia que cuando se da un atentado en un seleccionado país del mundo occidental, una figura con atisbos heroicos e ínfulas de justiciero saca a la luz alguna publicación en la que se da otro atentado: esta vez ocurrido en un paraje más desconocido para la composición del mundo que hacemos por la televisión, pero sin embargo, generalmente, con un número mayor de muertos.

Esas noticias suelen estar escritas en inglés, ya que o las publicaciones españolas que se suelen hacer eco de que en Somalia han muerto 20 personas por un atentado son escasas, o directamente ninguna. O si se da la aparición del dato en un periódico de larga tirada, o el número de muertos se dispara al centenar, o no ocupará más allá de un pequeño cuadradito informativo en una página por la mitad aproximada del periódico.

Dichas noticias necesitan para abrir un telediario que sean el mayor cataclisma que jamás haya visto la humanidad y que tengan las debidas y suficientes imágenes de brutal impacto. Si no, no dejan de ser muertes que ocurren en el mundo. Mala suerte que quienes las hayan vivido: no son mis muertes si no me afectan directamente.

En cambio, tres desgraciadas personas en dos bombas en Boston cumple todos los requisitos de una buena noticia de primera plana: muerte de civiles acontecida en un espectáculo (una maratón), con la suficiente cantidad de fotos repletas de sangre y cuerpos mutilados, como ese hombre en silla de ruedas con las dos piernas voladas. Además, acontece en un país occidental, mejor dicho, en la nación occidental por magna excelencia, al que, para todavía más morbo, un país dirigido por un loco dictador ha amenazado varias veces en las últimas semanas. Los periódicos se pegan por sacar la imagen más explícitamente brutal, las noticias se mueven de boca en boca a cada cual más sensacionalista y el seguimiento de la población siente pena, porque sentir pena por una muerte a través de la televisión es algo muy sensible y un sentimiento muy verdadero.

Evidentemente, los atentados de Boston es algo que se debe informar y formar parte de las noticias principales de ese día, como ya pasó con aquel colgado que basado en el Joker hizo una matanza en el estreno de la última película de Batman. Sin embargo, ese trato puramente amarillista de los medios y ese seguimiento exacerbado de la población es rebatible.  Parece que no todas las muertes son iguales. Que no todas las víctimas, que no todas las vidas arrebatadas por otras personas, pueden formar el mismo dolor o el mismo apoyo. Y cada vez que un representante de las causas perdidas nos recuerda que en el mismo día de los sucesos de Boston han muerto 60 personas en tres atentados, nos hace pensar que la injusticia y el asesinato solo nos interesan cuando nosotros nos queremos sentir responsables y solidarios. Hacer un seguimiento de las muertes injustas cada día es algo demasiado pesado y desolador. Es mejor hacer un pray por algo de vez en cuando.

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