Los otros

Seguro que los habéis visto. Suelen tener mediana estatura, lo que no les impide mirar por encima del hombro. Sus ojos son de rapaz, y su sonrisa se adentra en parámetros diabólicos. Su humor no suele ser agradable, por lo que los agujeros de su nariz se cierran constantemente, denostando enfado, ira y furia.

Su modo de vestir es su principal referencia. Acostumbran a ponerse regularmente el mismo traje que anteriormente reservaron para momentos más específicos. Generalmente es de color marrón, y acostumbran a llevarlo de forma característica: los pantalones superan por más de un dedo la altura del ombligo, la chaqueta de manera uniforme y desdeñosa, y la corbata suele ser la más fea del mercado.

No se le conoce otro tipo de risa que no sea jocosa, o al menos nunca se le ha visto sonreír por otro motivo que no haya provocado la burla o la mala leche. No son proclives al debate, pues les gusta tener la razón, porque piensan a pies juntillas que la tiene, lo cual determina su modo de comportarse ante todo lo que les rodee. Si les das la razón, se convierten en amigos pegadizos y se enfangan en pronunciados halagos, si les contradices, no serás más que el más pequeño de los insectos. El diálogo y el talante les suele durar poco, pues son gente que piensa que todo minuto de una conversación en el que no esté hablando, es terreno perdido y malgastado.

Su modo de pensar es unilateral: se mueven entre cuatro columnas de las cuales no pueden salir. Cualquier cosa alejada de su cuadrado de pensamiento es infame y patético, y por lo tanto culpable de todo mal que ocurra en el mundo. Se mueven por una fórmula fundamental: la culpa, pase lo que pase, no suele ser suya.

Característica gente, de la que España está repleta, que pueblan debates y demás tormentos televisivos, que imparten clase en universidades, que dan lecciones vitales en la barra de un bar a cualquiera que se les acerque (y al entorno cercano, pues suelen hablar lo más alto que se les permita). Seguro que los habéis visto, encerrados en una caverna de la que no quieren salir, y que cualquier luz que penetre en ella merece el más hiriente de los insultos. Desaparecerán pensando que el resto es  el problema, sin reparar en el daño que puedan hacer a una sociedad tan necesitada de su antítesis como sobrada de sus características.

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