El idílico mundo periodístico

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En The Newsroom, la nueva serie de Aaron Sorkin, se muestra un noticiario que se propone dar las noticias de la mejor manera posible. Los capítulos se llenan de comportamientos y maneras idílicas, en el que el compañerismo es ley, el trato de las noticias es blanco y todos los componentes son buenas personas. Ese cursi y pedante trato, más cerca de la fantasía que de la realidad, es un engañabobos que no refleja el cruel y despiadado mundo del periodismo.

La carrera periodística ha sido vilmente difamada desde sus inicios hasta la actualidad. La multiplicación de oferta amarilla en televisión, la intromisión laboral en todos sus ámbitos, la orientación del éxito hasta únicamente la popularidad y el obvio retroceso de la prensa escrita en radio, más la confusión de Internet, son algunos de los factores que acechan al periodismo en la época que vivimos. No hay nada más evidente, ni tampoco después más olvidado.

Los espíritus libres y jóvenes que llegan a la profesión periodística, sumados a contados periodistas de éxitos que se pueden permitir el papel de orientadores espirituales de estos, suman una corriente optimista que piensa poder cambiar el periodismo para bien, ser partícipes de una regresión a un ámbito repleto de vino y rosas. Los primeros caen luego en la desesperación y posteriormente en la decepción pura. Los segundos se limitan a repetir el papel ya escrito hasta que comprueban que nadie les hace caso. La profesión periodística no es idílica ni lo será nunca: como cualquier profesión, está llena de carroñeros, corruptos, profesionales infames y de situaciones desalentadoras. Incluso estas características se amplían teniendo en cuenta el papel que conforma la información en la sociedad. Nunca el periodismo dejará de ser un camino repleto de buitres dispuestos a destrozar las entrañas a propios y competidos, a personajes públicos y privados, a directivos y a profesionales. Las posibilidades de poder trabajar como periodista modélico son irrisorias.

No digo que en el periodismo no puedan entrar gentes de mente blanca e inocencia virginal. Todo lo contrario: es absolutamente necesario que lleguen profesionales que quieran hacer bien su trabajo y de forma transparente. Cometerán un grave error si se plantan ante el ámbito profesional pensando en el idílico mundo que se muestra en la serie de Sorkin: acertarán algo más si lo comparan con la competitividad e inmoralidad mostrada en otras series como House Of Cards. El nuevo periodista tiene que estar preparado para adentrarse en la crueldad y en la lucha profesional más despiadada que pueda encontrar. Una vez se abra camino por todos los baches que le sean impuestos, podrá ser un predicador de trabajar con valores y de forma más profesional.

El periodismo se salvará cuando estos predicadores no sean necesarios. Cuando hablar del buen periodismo no busque el aplauso y la valoración, sino que recaiga en la obviedad. Cuando se apadrine al de dentro, y no al espectador de fuera. Hacer un recordatorio de cómo debemos hacer las cosas y cómo buscar las buenas acciones debería ser lo primero que se estudie en la carrera, junto al cómo levantarse después de caer en un bache. El aspirante a periodista debe estar preparado para lo peor para buscar lo mejor: a base de que elija su profesión no debe escuchar el imaginario espacio repleto de limpia profesionalidad, sino dejar bien claro todos los males a los que va a hacer frente. Muchos más periodistas llegarán a ser predicadores del buen periodismo. Y entonces, no harán falta predicadores.

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