Black Sabbath – 13

Hacer un top 10, o incluso 5, de mejores bandas de la historia de la música contemporánea, y dejarse fuera a Black Sabbath, es algo que debería penalizarse en cada constitución redactada en el mundo. Como bien dijo Henry Rollins cuando fue preguntado sobre si creía en Dios: “Yo solamente creo en los seis primeros discos de Black Sabbath”. Aquellos cuatro nerds de Birmingham cambiaron la música, formaron un género entero (el heavy metal, por supuesto) y realizaron algunos de los momentos más gloriosos de la música del siglo XX.  Muy pocos cuartetos han tenido tanta calidad individual y colectiva: Bill Ward es uno de los mejores aporreadores de baterías de los setenta, Geezer Butler cambió la forma de tocar el bajo, Tony Lommi es responsable de alguno de los más grandes riffs de la música rock, y Ozzy Osbourne estaba loco. Muy loco. Y cantaba de una forma muy peculiar, de voz  mil veces imitada, pero nunca  igualada.

El estilo de Black Sabbath podría encasillarse en un heavy metal primitivo, pero sin embargo todavía suenan actuales, y en muchos momentos, cuesta creer que compartieran década con Led Zeppelin. Sus guitarras tenebrosas, afiladas en do menor, su potencial atmósfera de oscuridad y satanismo, sus letras apocalípticas, rasgadas por la voz de Ozzy. Su particular modo de tocar no se parece en prácticamente en nada a ningún grupo de la época, y así se constata sobre todo en sus seis primeros discos, formantes propios de la historia de la música. El tenebrismo de Black Sabbath (1969), el potenciamiento de su sonido y el reconocimiento en Paranoid (1970, con sus tres míticas canciones War Pigs, Iron Man y el hit Paranoid), Master Of Reality, su obra cumbre (y quizá el mejor disco de metal de la historia, o al menos, el más importante), su redescubrimiento del hard rock en Vol. 4 (1971), y su continuación en Sabbath Bloody Sabbath (1973) y Sabotage (1975). Después llegarían dos discos más flojos, el adiós a Ozzy y su relevo por Ronnie James Dio (con el que regalarían el soberbio Heaven and Hell en 1980) y después un periplo de cambios en la formación, discos mediocres y reuniones esporádicas.

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La portada de 13 también debería ser penalizada constitucionalmente.

Había mucho miedo hacia el mantenimiento del legado de Black Sabbath cuando se anunció el retorno de la banda con Ozzy y el primer disco de estudio juntos desde el último Never Say Die! (que paradójico), hace ya 34 años. Demasiados años para acrecentar o disminuir el misticismo de la banda. Las dudas se hacían patentes: ¿sonará como Black Sabbath? ¿Será medio digno? ¿Tendrá alguna canción a la altura de la leyenda? Había noticias que alimentaban la esperanza, como la producción de Rick Rubin, o que fomentaban el terror, sobre todo al saber que Bill Ward no iba a participar en el disco. En su lugar, iba a sustituirle el batería de Rage Against The Machine, Brad Bilk, muy buen batería, pero no Bill Ward.

Lo primero que llama la atención del disco es su producción, tan acertada que parece un disco de Black Sabbath perdido de los 70, pero sonando completamente actual. Lo segundo que llama la atención es que ese End Of The Beginning que abre el disco suena realmente potente. Y bien. Suena bien. Llega God Is Dead?, la segunda canción del disco y principal single, y te aseguras definitivamente de algo: Suena a Black Sabbath. A puro Black Sabbath.

Los marcados y oscuros riffs de Lommi cortan el aliento. Las líneas de bajo del disco son para enseñar en los colegios. Y una de las mayores sorpresas es que Ozzy, perdida ya prácticamente toda su voz, no desentona y se mantiene digno al frente de cada canción. Lo que acaba confirmando a 13 como uno de los mejores retornos de los últimos años es que no pierde el nivel en sus 53 minutos de duración: si bien unas canciones destacan más que otras, no hay momento mediocre en los 8 temas que redondean el disco. Y son temas largos, difíciles de culminar.

13 tiene momentos autorreferenciales, que recuerdan a tiempos pasados, pero cumple en su acierto de no dejarse caer en la complacencia,  en no sonar nostálgico de tiempos antiguos, sino con las ganas y fuerzas de demostrar que su propuesta sigue vigente prácticamente medio siglo después. No formará parte de sus seis primeros discos este 13,  pero si dignificará el mito de Black Sabbath  de forma notable y lo acercará a una nueva generación a la que le rodea el sello Sabbathiano en la mayoría de la música que escucha. Se verán sorprendidos de que un grupo tan antiguo suene tan potente o actual como un grupo nacido en el siglo XXI. Y al seguidor de Black Sabbath no solo le sorprenderá gratamente, sino que, como yo, le animará a volver a ponerse las joyas de Black Sabbath en este verano caluroso. Por lo que, 13, como retorno, ha cumplido al máximo.

Y tengo que admitir, que cuando acaba el disco y empiezan a sonar las mismas campanas bajo la llovizna que abrieron la carrera discográfica de Black Sabbath, en un claro guiño de despedida, me estremezco y me emociono, y acto seguido vuelvo a un álbum de la banda y vuelvo a sentir ese vuelco que me dio al descubrirlos. Como si hubieses descubierto la penicilina. Como si hubieses sido el que llevó a Messi al Barcelona. Y con la guitarra de Lommi, te dejas levitar.

Como curiosidad, diré que ha sido el primer número uno en Inglaterra de la banda en 43 años (el único número uno que tuvieron fue con Paranoid en 1970) y que ha vendido más de 250.000 discos en Estados Unidos, donde también ha sido número uno. El legado sigue vigente. Larga vida a Black Sabbath.

Valoración: Un retorno sorprendentemente digno . Puro Black Sabbath. Nota: 8

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