Sangre en el desierto de nieve.

Si me preguntasen qué es lo que más se echa de menos del cine clásico, respondería sin ninguna duda la capacidad que tenían las películas de dar de sí. Con técnicas de rodaje mucho más convencionales que las actuales, con guiones aparentemente simples de historias que no necesitan mil rodeos para obtener originalidad. Es una virtud que muy pocas veces en el cine actual podemos encontrar, y que, sin embargo cuando recurrimos a alguna de las obras magnas del cine negro de los cuarenta, es lo primero que nos hace apreciar la película.

El cine negro podría aparentar ser un tanto esquemático, incluso a priori predecible: pero aquellas historias de asesinatos muchas veces protagonizadas por Humphrey Bogart tenían ese aura inexplicable que te pegaba a la pantalla desde el inicio hasta el “The End” final. Esos thrillers, esas intrigas rodadas por genios como John Huston o Howard Hawks y perfeccionadas por el maestro Hitchcock no necesitaban de grandes presupuestos para que el espectador se moviese inquieto en la silla y se sobresaltara o emocionase con facilidad. Ya no se hacen películas así, y si se encuentran, son pequeñas gemas entre la arena. O en este caso, entre la nieve.

Fargo

Cuando la cámara de Fargo nos transporta al pueblo homónimo de Dakota del Norte, a una superficie nevada y aparentemente tranquila, un paisaje gélido y desolador, acompañados por una partitura musical que intensifica la sensación de peligro, al instante constatamos que nos vamos a encontrar una historia negra donde la muerte marcará la cadencia del visionado. Y tras un inicial “Basado en una historia real”, en el primer engaño del film, estamos preparados a una historia más o menos convencional, de esas vistas de forma ocasional en el cine. Y nada más lejos de la realidad, porque Fargo no la firma un director de telefilms de sobremesa de Antena 3. La firman los ineludibles Hermanos Coen.

Sin duda alguna Joel y Ethan Coen crecieron con dichas películas de cine noir. Dos familiares que devoraban films tanto de primer nivel como de Serie B cada día, apreciándolas y comentándolas juntos hasta crear su propio lenguaje, a ratos difícil de sonsacar completamente. Dos hermanos que acabarían convirtiéndose en los directores más personales y diferentes del cine actual. Y la mayoría de las veces, en los más extraordinarios.

Llegaban los Coen de un tropiezo colosal con su film El Gran Salto, protagonizado por Tim Robbins y Paul Newman, en un intento de hacer cine comercial que sin embargo les salió por la culata. Ni al público ni a la crítica le encandiló aquella historia casi onírica. Lo cierto es que Joel y Ethan ya contaban con su propio aunque reducido grupo de fans, y diversos premios en su haber, sobre todo arrasar en Cannes con Muerte entre las flores (1990, una de mis películas predilectas) y Barton Fink (1991). Dos obras que tenían una fuerte influencia del cine negro, aunque no tanto como su primer film, Sangre Fácil (1984), una historia de muy bajo presupuesto acerca de un triángulo amoroso salpicado de sangre.

El cine de los Coen es muy peculiar y difícil de explicar a primeras. A priori podría decirse que está lleno de capas y que estudia las peculiaridades del ser humano. Es inteligente, pero nada pedante y por momentos tiene un acompañamiento de humor negro macabro que ni el mismo Tarantino. Pero sin duda, es un cine poético, repleto de referencias y de partes a primera vista nimias que luego se tornan tan importantes como las principales. Un cine en muchas ocasiones exquisito, pero nunca ambicioso.

Tras el fracaso de El Gran Salto, los Coen aprenden a buscar sus propios errores y deciden retornar a una película de bajo presupuesto, de pocas pretensiones. Pero el cambio principal sería la concepción de su propio cine: en vez de hacer historias mágicas que se tornaran mágicas en pantalla, hacer historias realistas que se tornaran mágicas por sí solas. Un realismo casi poético. La simpleza y la cotidianidad hechas poesía. La magia tornaría en torno a panoramas aparentemente convencionales que luego envolverían una historia de mil y un recovecos. Y funcionó.

Porque Fargo era un thriller oscuro que mezclaba lo simple (el contenido y la ambientación del filme) con lo manierista (su realización). El perfecto cóctel entre una película sencilla, fácil y modesta, con una obra puramente poética. En Fargo, un hecho mínimo desencadenará una cadena de consecuencias devastadoras sobre todos los protagonistas: un vendedor de automóviles, un perdedor de primera categoría, decide encargar a dos ladrones de poca monta el secuestro de su mujer para que su suegro, un hombre rico pero también tacaño, pague el rescate y con ese dinero pueda acceder al negocio de su vida. Pero, como todos podemos suponer, nada de esto sale como debiera.

fargo09

La película sobresale en gran parte gracias a  sus actuaciones. Si William H. Macy nunca estuvo más soberbio que en el papel principal de Fargo, quien se come la película es Frances McDormand, que ganaría el Óscar a la mejor actriz por su agente de policía en ya muy marcado embarazo. La simpleza y naturalidad que destila su personaje, claramente de intelectualidad inferior a la media, es lo que da cuerpo a todo el planteamiento del filme: una anti-heroína de la que es imposible no sentir pura ternura. También están soberbios los dos secuestradores, el ahora mucho más conocido Steve Buscemi y Peter Stomare, haciendo una pareja de antagonistas realmente propia y desconcertante.

Pero lo que hace grande a Fargo es su dirección. ¡Qué dirección! El espectador medianamente cinéfilo ya sabrá lo difícil que es tratar con pequeñas naderías cuya fuerza expresiva uno va descubriendo no sólo conforme va avanzando la película, sino en siguientes revisiones. No necesita artificios extraños para embaucar al espectador, al más puro del cine negro: de poco, se conseguía absolutamente todo.  De pocos medios conseguía una película realmente mágica, tocada por una mano divina.

Y sin embargo, la película es una gran mentira. Una farsa. Nos hace creernos ante un thriller convencional americano para luego prácticamente reírse de todos nosotros. Como ya me he referido anteriormente, la película afirma basarse en una historia real. Mentira. Engaño. Conforme avanza la película, el humor macabro se va apoderando de la historia, en manos de cualquier otro director, terrorífica. Su propio sello, el retrato de la América más profunda con un tono puramente irónico, visto desde la perspectiva de lo cotidiano, de lo simple. Y funciona a la perfección.

La película no fue un gran éxito en taquilla, aunque sí fue aplaudida por el público y sobre todo ante la crítica, que se rindió ante Joel y Ethan. Significativas fueron las siete nominaciones a los Óscar, de las cuales se llevarían los premios a Mejor Guión y el de Mejor actriz  para Frances McDormand. También conseguirían la palma de Oro a mejor director a Joel Coen (que es quien la firma, aunque siempre los consideramos como tándem, como así firman sus últimas películas). Y se convirtieron en grandes.

Fargo reúne todas las virtudes que han hecho al cine considerarse como el Séptimo Arte. No en vano está considerada como una de las mejores películas de la década de los 90 y por muchos como una de las mayores obras maestras del  cine. Siendo imposible de llegar a estas conclusiones de forma objetiva, si es una de las paradas obligatorias del cine más contemporáneo, una obra rodada y materializada con una maestría digna de la mano de un genio. Que en este caso, fueron dos.

La genialidad de los Coen se mantendría intacta en la más peculiar El Gran Lebowski (de la que se escribirá pronto aquí) y después, ya convertidos en maestros de la gran pantalla, alternarían sus películas más extrañas y propias (El Hombre que nunca estuvo allí, de 2002, Un tipo serio, de 2009), con obras dirigidas al gran público, como O’ Brother (2000), Crueldad Intolerable (2003), Ladykillers (2004) o Quemar Después de leer (2008). Sin embargo, conseguirían el masivo apoyo tanto de sus fans como del espectador medio en películas como Valor de Ley (2010) y sobre todo No Es País Para Viejos, con la que arrasarían en los Óscar de 2007 ganando los premios a Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Guión Adaptado y Mejor Actor Secundario para el inolvidable papel de Bardem.

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