Tu móvil te está quitando la vida.

En un vídeo que está siendo un completo viral en Youtube (cuenta con casi 20 millones de visitas en tan solo dos semanas) se presenta a una chica viviendo un cúmulo de situaciones cotidianas. En el vídeo se le muestra a ella disfrutando de una quedada con sus amigos, del despertar por la mañana abrazada de su novio, de correr por la montaña… sin embargo, la presencia del móvil en su exterior le impide disfrutar de todos esos momentos con alguien, pues, con quien los está compartiendo, los está compartiendo vía teléfono con otra persona, o con múltiples personas a la vez. Con una reminiscencia a la serie inglesa Black Mirror, el vídeo muestra la realidad de este siglo XXI: la tecnología nos está desnaturalizando.

En estos tiempos de tecnología e inmediatez, la aparición de los smartphones posibilita al propietario del teléfono móvil estar disponible las 24 horas del día a sus contactos por vía chat (Whatsapp), ver las últimas actualizaciones de sus amigos en las redes sociales (Facebook o Twitter), poder buscar por Internet cualquier cosa al instante, etc. Esto ha creado una falsa necesidad a todos los usuarios de móvil: por alguna extraña razón, ahora creemos que es realmente necesario contestar, ver o estar atentos a un acontecimiento vía Internet al segundo.

Si estás con dos amigos tomando una cerveza, ¿qué necesidad tienes de dejar de interactuar con ellos para comprobar quien te ha escrito al teléfono móvil? ¿Éste no puede esperar? ¿De verdad mantiene preferencia alguien al que no estás viendo en persona? De esta manera, así, el adicto al teléfono móvil se apea del mundo. Cuando ve algo bonito, en vez de disfrutarlo, le hace una foto. Cuando está en un concierto, siente la necesidad de hacer mil fotos que nunca más va a volver a ver, en vez de dar botes con la banda por la que ha pagado 40 euros. Cuando hace algo extraordinario, siente la necesidad de tuitearlo y de contarlo a sus seguidores en las redes sociales en vez de dedicarse con afán al acto extraordinario. Y cuando desconecta un poco de una conversación, en vez de intentar reengancharse, de darle coba o cambiar a otra, o simplemente el mero hecho respetuoso de mostrar interés, en cambio, cuando cree al instante aburrirse, saca el teléfono móvil.

Convivir con este tipo de personas es difícil. Pero tú, querido lector, probablemente seas ese tipo de persona. El mismo que aquí suscribe a veces se ha enfadado consigo mismo por tener la adicción de querer coger el teléfono móvil cuando podía estar haciendo algo mucho más interesante. O cuando alguien se ha enfadado con él porque no le ha contestado a un mensaje de Whatsapp en menos de media hora. De esta manera, el gran avance del siglo XXI, la total disponibilidad, hace sentir morriña de aquellos tiempos en los que para comunicar dónde estábamos teníamos que recurrir al fijo de casa o a una cabina telefónica. Esos sí debían de ser buenos tiempos.

Ahora el mundo solo interactua entre sí mediante una pantalla de cuatro pulgadas. Ahora la gente que se sienta en el metro no se pone a pensar en sus cosas mientras observa las rarezas de quien tiene en frente. Ahora en los conciertos no son las manos quienes imposibilitan ver a Angus Young haciendo el pato con la guitarra, sino las pequeñas pantallas iluminadas y levantadas hacia arriba. En mi opinión, hay que tener muy poco cerebro para asistir a un concierto de AC/DC y verlo a través del móvil, en vez de estar saltando, bailando o directamente, emocionándote.

Porque esa es otra. La vida es mucho menos emocionante a través de un teléfono móvil. Concretamente, es un coñazo. Tumbarte a las once en tu cama a mirar el Facebook o el Instagram hasta las tres de la mañana es tirar una noche. Los adictos al teléfono móvil son incapaces de vivir algo al 100%, siempre hay una parte del tiempo, superior en su mayoría al 30%, en la que su cabeza se muestra agachada, apuntando la mirada a sus manos, atendiendo algo que la mayoría de las veces, no tiene ningún tipo de importancia.

Cuando yo no contaba con Whatsapp, generalmente, cuando tomaba una cerveza con mis amigos y alguno de ellos sacaba el móvil y se disponía a chatear en vez de dar conversación, fuésemos 2 o 15 personas, en ese momento lo único que querías era cogerle el teléfono y tirárselo al suelo para ver si así conseguías sacarlo de su propio mundo y que mostrase atención. Ahora, siendo sincero, también me gustaría hacerlo cuando veo la ocasión, pero el rebote con uno mismo llega cuando descubres que no puedes hacerlo al tener la doble moral de llevar tu teléfono en la mano.

En el vídeo de I Forgot My Phone, hay un par de detalles que erizan mi piel. En un momento del vídeo, se muestra a un grupo de personas celebrando un cumpleaños,  sacando una tarta repleta de velas. La chica protagonista es la portadora de dicha tarta, mientras todos cantan el Happy Birthday. Sin embargo, todos están con el teléfono, intentando sacarle una foto al momento, incluso la misma persona a la que iba dirigida la tarta obliga a la chica a esperar a que termine de subir la actualización. Un momento tan natural y emotivo, como puede ser la celebración de un cumpleaños, se vuelve frío y aburrido para quien no tenga un teléfono en la mano.

La tecnología nos iba a acabar deshumanizando, como bien apuntaron los sabios del siglo XX, y nunca antes se acertó algo con tanta precisión. Yo incluso diría que la tecnología nos está haciendo ser imbéciles. Hay que ser realmente imbéciles para vivir menos la vida por un aparatito pequeño que llevamos en el bolsillo.  Seguro que muchos momentos del vídeo los has vivido, lector, o directamente, has sido protagonista de ellos. Si alguien quiere vivir la vida a través de una pantalla, si es incapaz de levantar la cabeza y observar, vivir, si es incapaz de mantener una conversación de varias horas seguidas con un buen amigo sin tener la necesidad de dirigirse a otras personas por su teléfono, adelante lector. Pero así le aseguro que su móvil le está quitando la vida, el mayor bien preciado que tenemos, donde cada día que pasa se hace más corto… cuando la sensación de haber desperdiciado varios momentos de su día a día se apodere de él, entonces, apague el teléfono móvil.

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